jueves, 5 de mayo de 2016

Motivos de un Sentimiento (Joaquín Sabina, 2003)


 
Con tantos clásicos que tiene Joaquín Sabina, aparecerme con el himno que compuso para el centenario del Atlético de Madrid parece una aberración que no me perdonarán los seguidores del pendenciero de Jaén, pero mientras dure el Mundial el fútbol lo inunda todo. Incluso esta sección…
Sabina es un colchonero de pura cepa, o sea, un seguidor del club allende el Manzanares, cuya catedral es el estadio Vicente Calderón y su credo amar a su equipo aunque pierda. Se dice, con razón, que para ser del Atléti hay que sufrir. Si no quieres sufrir, hazte del Real Madrid o del Barça.
Es una pregunta recurrente de hijos a padres: ¿Por qué somos del Atléti? Y casi siempre la respuesta es “porque sí”. No existe realmente una explicación lógica, y el propio Sabina lo reconoce en las primeras estrofas de la canción que le musicalizó Pancho Varona, en versiones para banda, chirigota y rock.
“Aquí me pongo a contar, motivos de un sentimiento que no se puede explicar. Y eso que no doy el tipo de hincha rapado y violento, pero que gane mi equipo. Para entender lo que pasa hay que haber llorado en el Calderón, que es mi propia casa, o en el Metropolitano, donde lloraba mi abuelo con mi papá de la mano”, canta Sabina junto a otros ilustres colchoneros.
No era esta la primera canción que el gran Sabina dedicaba al deporte de sus amores. Ya en su disco “19 días y 500 noches” le cantó a Paula Seminara, la fiel seguidora del Boca Juniors argentino, en “Dieguitos y Mafaldas”, una canción divertidamente “bostera”, pero sin la bomba de los Motivos…
Con su canción del Centenario rojiblanco, Sabina propuso una alternativa al himno oficial del Atleti, compuesto en 1972 por José Aguilar y Ángel Curras. Para la versión urbana de su obra, Sabina contó con las voces de otros eminentes colchoneros, como el veterano rockero español Rosendo Mercado y el portero argentino Germán “el Mono” Burgos.
El sencillo salió a la venta en junio de 2003, e involucró a personalidades de múltiples profesiones. La letra rinde tributo a muchas instituciones del club, entre ellas su actual DT, el argentino Diego “el Cholo” Simeone, y otros que pasaron por sus filas y ya no están, como Fernando “el Niño” Torres, a quien llaman “el principito heredero corazoncito de colchonero”.
Sobre su músico, Pancho Varona negó en su momento que él y Sabina se hubieran propuesto hacer un himno glorioso, sino una canción populachera y barriobajera, a la medida del equipo canalla que, a mucha honra, es el Atleti.
Este ha sido, resumiendo, un año en que han sobrado los motivos para este sentimiento: el Atlético de Madrid ganó la Liga Española y por dos minutos no fue campeón de la Champions. Otros hinchas habrían infartados, pero los colchoneros de raza nos limitamos a corear, orgullosos y sabineros:  
Qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de vivir, qué manera de soñar, qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de palmar, qué manera de vencer, qué manera de sentir, qué manera de subir y bajar de las nubes… ¡Qué viva mi Atleti de Madrid!

lunes, 28 de marzo de 2016

Los otros Rolling Stones


 
“Se murió uno de los Rolling Stones”, dijo alarmada mi suegra, consciente de mis filiaciones musicales. Así lo leyó en el panegírico escrito por mi viejo secuaz Michel Hernández, quien no se equivocó al despedir al saxofonista Bobby Keys como un indiscutible integrante de sus Satánicas Majestades. 
Keys falleció la pasada semana, a pocos días de cumplir 71 años de edad, víctima de una dolencia hepática. Los Stones hicieron público su dolor, en especial el guitarrista Keith Richard, quien se sentía particularmente unido a Bobby, entre otras razones porque nacieron el mismo día.
El deceso de este virtuoso que también colaboró con Lynyrd Skynyrd, Eric Clapton y The Who, nos recuerda que los Rolling Stones son, parafraseando el nombre de una de sus famosas giras, una banda mucho más grande que sus celebérrimos Richard, Mick Jagger, Ronnie Wood y Charlie Watts.
De hecho, hay otras figuras imprescindibles en esta formación británica, y así como George Martin se ganó ser llamado “el quinto Beatle”, una docena de músicos dejó su impronta en los Rolling Stones, y merecen ser reconocidos como tal. De esos que fueron y ya no son, o que aún secundan a estos vejetes irreverentes en sus correrías, hablaremos hoy…
-Brian Jones (1942 –1969) fue el fundador y líder original de la banda, que también le debe su nombre a este multi-instrumentista, inspirado por una canción de Muddy Waters. Su adicción a la droga lo acabó, y pronto Jagger y Richard lo desplazaron y eventualmente expulsaron de la banda. Por si fuera poco, Richard le quitó a su novia, la problemática Anita Pallenberg. Al mes, fue encontrado ahogado en su piscina.
-Ian Stewart (1938-1985) también fue miembro fundador, pero en 1963 el manager Andrew Loog Oldham lo sacó de escena porque no encajaba con la imagen de los Rolling que quería vender: jóvenes flacos y bonitos. Aceptó quedarse como productor de giras y pianista para las grabaciones de estudio, papel que desempeñó con humildad y entrega hasta su muerte.
-Bill Wyman (1936) fue fundador y bajista oficial de los Stones hasta 1993, cuando abandonó la banda para dedicarse a otros proyectos. La muerte de Jones le afectó grandemente, pues eran muy unidos. Desde niño escribía un diario, y sus manuscritos han sido material para siete libros y para conocer más sobre las interioridades de la banda. Es un entusiasta de la fotografía y la arqueología, y patentó su propio detector de metales para buscar reliquias.
-Mick Taylor (1949) fue, para muchos adeptos, el mejor guitarrista que han tenido los Stones. Debutó en 1969, en un concierto tributo a Jones ante 250 mil personas en el londinense Hyde Park, y se mantuvo hasta 1974, cuando renunció, irritado por la informalidad y la drogadicción de Richard.
-Ian McLagan (1945) fue tecladista en The Faces, banda donde cantaba Rod Stewart y Ronnie Wood tocaba la guitarra. En 1975 comenzó a colaborar con los Rolling como músico de sesión en estudio y en giras.
-Nicky Hopkins (1944-1994) fue activo colaborador en la discografía de los Stones entre 1967 y 1981, el pianista habitual para las baladas al estilo de She’s a Rainbow, aunque se encargó del frenético solo en Symphaty for the Devil. También trabajó con la banda The Kinks y con Jerry García.
-Chuck Leavell (1952) es un prolífico músico de sesión, salido de la Allman Brothers Band y que trabaja asiduamente desde 1978 con los Stones: ya lleva 12 discos con ellos y es un puntal en sus épicas giras. Es el director musical de facto de la banda, ha puesto el piano en proyectos individuales de los miembros del grupo y afirma que su trabajo es “mantener felices a Mick, Keith, Charlie y Ronnie”.
-Darryl Jones (1961), más conocido como Munch, ha sido el bajista oficial de la agrupación desde que Wyman salió. Oriundo de Chicago, meca del blues eléctrico, Jones es un músico asalariado y de perfil bajo, aunque ha tocado con leyendas como Miles Davis, Sting, Peter Gabriel y Bob Dylan.
-Bernard Fowler (1959), Blondie Chaplin (1951) y Lisa Fischer (1958) integran el coro habitual de los Stones en sus giras. Fowler lleva un cuarto de siglo trabajando con ellos, desde que secundó a Jagger en su primer álbum en solitario; Blondie fue guitarrista y cantante de los célebres Beach Boys en los años 1970 y Lisa llegó a ganar un Grammy a mejor interpretación femenina de R&B en 1992 gracias a How Can I Ease the Pain. Sus duetos con Jagger son todo un pulseo a ver quién tiene más voz, carácter y sensualidad.
Esos son, señoras y señores, los otros Rolling Stones...
- Para el Olé Tour, que los aterrizó en Cuba, en los coros estuvieron Fowler, que vino en 2015 con los Dead Daisies, y Sasha Allen, quien suplió con creces la ausencia de Lisa, encarando sin miramientos a Mick en un inolvidable Gimme Shelter...

sábado, 26 de marzo de 2016

(I Can't Get No) Satisfaction (Rolling Stones, 1965)


 
Silvio o Pablito, el Barza o el Madrid, Sabina o Arjona… He vivido bajo la constante presión de definirme, aunque ningún emplazamiento es tan risible como pedirme tomar partido entre los Beatles o los Rolling Stones. A mí, que he criado a mi hijo oyendo canciones de sus Satánicas Majestades…
Sería tonto negar la grandeza de los chicos de Liverpool, y no lo haré yo, que a fuerza de inyectarme “beatlemanía” en vena me hice adicto. Pero uno no escoge sus pasiones, y yo soy incondicional  de estos vejetes inconformes que en 1965 proclamaron su eterna insatisfacción, y todavía dan guerra…
Sin dudas el lanzamiento hace medio siglo del single “(I Can't Get No) Satisfaction” hizo que los Rolling dejaran de ser apenas un grupito más para convertirse en la superbanda llamada a estremecer los cimientos del rock.
“Tenía un título pegadizo, un riff contagioso, un gran sonido de guitarra, y captura el espíritu de alienación que imperaba entonces”, relató su autor, el inmortal Mick Jagger, que escribió la letra a partir de unos acordes que se le ocurrieron a Keith Richards mientras dormía, en un hotel de la Florida.
El muy canalla se despertó en la noche, grabó los emblemáticos acordes en un cassete y luego volvió a la cama, dejando una cinta con “dos minutos de Satisfaction y 40 de mis ronquidos”,como solía decir. Newsweek fue más contundente al calificarlo como “cinco notas que estremecieron al mundo”, aunque en realidad fueron tres...
Tras hacer una versión inicial en Chicago, el sencillo fue grabado en los estudios RCA de Hollywood en mayo de 1965, y contó con la producción del mánager Andrew Loog Oldham. Mick cantó, Keith tocó la guitarra eléctrica, el malogrado Brian Jones hizo la acústica, al bajo estuvo el olvidado Bill Wyman y en la batería el parsimonioso Charlie Watts, en tanto el músico de sesión Jack Nitzsche tocó el piano y la pandereta.
En junio fue lanzado en Estados Unidos, y en julio salió en el disco Out of Our Heads, con el cual alcanzaron su primer número uno en la codiciada lista Billboard. La letra da voz a los tormentos y frustraciones de un adolescente en los intensos años 1960. Refleja las esperanzas y decepciones de una generación que se debate entre el cinismo y la utopía, con soterrados dardos al “stablishment” que lo convirtieron en un himno de la contracultura. Más claro, ni el agua: no consigo satisfacción, y mira que lo intento…
De entrada, Richards no quería que la lanzaran como single pues creía que la melodía se parecía demasiado a la canción “Dancing in the Street”, de Martha & The Vandellas. Además, el que sería el mejor riff en la historia del rock le parecía algo tonto. Pero a Jagger le pareció ideal para su alegato contra el brutal comercialismo que vivieron los Stones en Estados Unidos.
Considerada la mejor canción en la historia del rock, en 2006 fue anexada al Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos por su significación cultural e histórica. Leyendas del soul como Ottis Redding y Aretha Franklin la versionaron, Francis Ford Coppola la incluyó en la banda sonora de su monumental Apocalypse Now, y a pesar de ser una incorrección gramatical, la frase “I can't get no satisfaction” es vociferada por medio mundo. Y quizás muchos no conozcan otro verso de los Rolling Stones, pero eso nunca ha impedido que tras oirlos saltemos hasta quedar, más que satisfechos, en total éxtasis…

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Thriller (Michael Jackson, 1984)

Con el perdón de Quincy Jones, pero si “Thriller” alcanzó la categoría de álbum de culto, no fue solo por su prodigiosa producción musical: quizás el extra que lo consagró fue una mini-película protagonizada por unos zombis bailando la coreografía más famosa de todos los tiempos.
Y detrás de todo -y delante, encima y debajo- la genialidad a raudales de Michael Jackson. Aquel niño prodigio que lloraba a María con los Jackson Five ya había crecido, y se perfilaba como lo que acabó siendo, el Rey del Pop, con temas como “Can you feel it?” o “Don’t stop ‘til get enough”.
Su apoteosis llegó con el disco Thriller, que se vendía como pan caliente, gracias a los videos de “Billie Jean” y un “Beat it” sazonado con la guitarra de Van Halen. Otro pudo conformarse, pero Michael quería superarse, y la escalofriante composición de Rod Temperton era perfecta para hacerlo.
Aquel tema fue gestado con el nefasto título de “Starlight”, por suerte desechado por el visionario Jones al grabarlo. Temperton, empero, siempre la concibió con una sección hablada al final, que grabó el célebre actor de filmes de horror Vincent Price, cuya carcajada final hizo historia.
Michael, un fervoroso amante de dicho género, recién había visto “Un hombre lobo americano en Paris”, y llamó a su director, John Landis, para juntos hacer lo que, sin ser concebido como tal, acabó siendo el videoclip más influyente en la historia de la música.
Aquel proyecto costaría medio millón de dólares que la disquera Sony se negó a pagar, pero tanto lo quería Michael que estaba dispuesto a financiarlo de su propio bolsillo. El viejo Landis lo disuadió y apeló a sus mañas para que las cadenas Showtime y MTV soltaran el dinero por los derechos de exhibir el “making-of” de la revolucionaria cinta.
Al filmarla, Michael se sometió a cinco horas de maquillaje para ser un hombre lobo primero, y luego un zombie ataviado con una icónica chaqueta roja de cuero con hombreras que, por cierto, fue comprada hace dos años por 1,8 millones de dólares en una subasta.
El resultado fue un clásico. Los efectos que ahora parecen pedestres eran lo máximo entonces: asustaban de veras esos muertos vivientes con babas de sangre viscosa y ropas raídas, moviéndose a pura taquicardia de bajo y sintetizadores, en hileras cruzadas, garras en alto…
Ola Ray, una mulata que llegó a ser Miss Junio de Playboy en 1980, hizo el papel de su vida como la novia de Michael en Thriller, literalmente sus 14 minutos de fama, porque jamás se le vio en nada medianamente conocido.
Además de ser un inesperado éxito de ventas, aquel video también obró el milagro de colar a Thriller en el Top 10 estadounidense un año después del lanzamiento oficial del disco, que regresó a la cima de las ventas en diciembre de 1983, hace casi 30 años.
También ganó tres premios MTV en 1984 y dos Grammy, y fue el primer video musical añadido al Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, por su legado e influencia en la cultura pop.
Después de Thriller la carrera de Michael subió meteóricamente, gracias a canciones como “We are the World”; películas como “Moonwalker”, en la que mostró su emblemático pasillo deslizándose hacia atrás; videos junto a otras estrellas negras; y discos como “History: Past, Present and Future”, cuya gira promocional tuvo que interrumpir por los escándalos en su vida.
El sambenito de pedófilo, sus traumas infantiles sin resolver, su insólito matrimonio con la hija de Elvis Presley y las diversas lecturas raciales a las cirugías para corregir su vitíligo, distorsionaron la leyenda de quien fue un ser humano imperfecto, aunque su arte ralló la perfección.
Al morir en 2009, con apenas 50 años de edad, Michael Jackson preparaba su regreso triunfal con la gira “This is it”, a la que se entregó con una intensidad que lo llevó del insomnio al sueño eterno. Pero por mucho que aún pongan Thriller, el Michael nunca ha salido bailando de la tumba…

lunes, 18 de noviembre de 2013

Hey Jude (Beatles, 1968)


Mucho demoraron los Beatles en aparecer en esta sección, porque no lograba decidir cuál de sus clásicos sería el primero en contar aquí. Al final comprendí que son tantos los hitos musicales del cuarteto de Liverpool, que cualquier tema serviría, aunque siempre habrá quien prefiera otro.
Y da la casualidad de que el 26 de agosto pasado se cumplieron 45 años del lanzamiento como single de un himno de la “beatlemanía”, quizás su tema más coreado y popular, versionado como pocos y con un trasfondo muy íntimo, polisémico y confortante: Hey Jude.
Con una duración de 7:11 minutos, aquel sencillo rompió con lo que se entendía como tal en el mercado discográfico, pero le allanó el camino a otros kilométricos éxitos, como el “Layla” de Eric Clapton, o el “American Pie” de Don McLean.
Tan solo el "na, na, na, na" final se lleva cuatro minutos hasta irse en fade, pero en esta canción cada segundo está justificado. El coro es repetido 19 veces, y lo que comienza con un solitario piano culmina con toda una sinfónica de 50 instrumentos.
“Hey Jude” fue además el primer sencillo del sello discográfico Apple Records, creado por los Beatles junto a su manager Brian Epstein, que había muerto casi un año antes, víctima de una sobredosis accidental de barbitúricos.
Grabado entre el 31 de julio y el 1 de agosto de 1968 en los estudios Trident de Londres, el single salió primero en Estados Unidos, y cuatro días después en el mercado británico. Tras salir, encabezó por tres semanas seguidas las listas de éxitos del Reino Unido, y desde entonces ha vendido unas ocho millones de copias.
Si bien está acreditada al binomio Lennon/ McCartney, se sabe que la escribió Paul para consolar a Julian, el hijo de John, a raíz del divorcio del autor de "Imagine" y Cynthia Powell.
El propio Julian, a quien llamaban Jules, no supo hasta 20 años después que Paul se había inspirado en aquel duro trance familiar para componer aquella pieza maestra, himno de amor y esperanza.
De hecho, Jules confesó que solía andar más con Paul que son su padre, quien por entonces comenzaba su idilio con Yoko Ono, y además andaba en un viaje místico por la India, que resultó un fiasco.
Hasta John creía que la canción iba de lo suyo con Yoko, relación que muchos consideran catalizó la desintegración de los Beatles.
"Hey Jude, no lo tomes a mal, toma una canción triste y mejórala" canta Paul en un memorable video promocional filmado en vivo y dirigido por Michael Lindsay-Hogg en el show The Frost Progamme.
El viejo Paul lo cantó nuevamente en los Juegos Olímpicos de Londres-2012, y es un tema inevitable en casi cada antología, tributo o descarga en que los Beatles salgan a relucir. O sea, constantemente.

Te recuerdo, Amanda (Victor Jara, 1968)


Una huelga de correos acentuó la desesperación de Victor Jara, a quien Londres le parecía más brumoso que nunca, porque su hija Amanda estaba enferma en Chile y él no tenía manera de saber de ella. Angustiado porque se agrandaba el océano que lo separaba de los suyos, el legendario juglar chileno escribió quizás su mayor clásico, a medio camino entre la canción de amor y el manifiesto social: “Te recuerdo, Amanda”.
Ahí narra del amor de Amanda y Manuel, una pareja de obreros que apenas tiene cinco minutos para verse, absorbidos por la vorágine laboral y un sistema explotador que acabó costándole la vida al novio. El propio Jara contó que la idea le rondaba hacía un tiempo, tras conocer a una joven pareja de proletarios. 
En su libro “Como una Historia”, José Manuel García abunda sobre el contexto en que nació el tema. Jara lo escribió en 1968, estando en Londres invitado por el British Council por sus logros como director teatral. Estando en Stratford-upon-Avon, en la celebración del Shakespeare’s Birthday, el cantor supo que su hija Amanda, entonces de tres años de edad, había sido hospitalizada.
Escribió una carta tras otra a su esposa para saber cómo estaba la niña, pero por esos días los funcionarios del servicio postal británico estaban en huelga, y fue imposible tener noticias frescas. Para desahogarse acudió a su guitarra, y de la soledad y el desespero nació "Te recuerdo, Amanda".
Amanda no es el único nombre tomado de un allegado. El padre de Jara se llamaba Manuel, y aunque Joan Turner, la viuda del bardo, no cree que la haya escrito para dedicársela a alguien en particular, piensa que la letra “contiene la sonrisa de la madre y la promesa de juventud de su hija”.
El tema fue incluido en el disco “Pongo en tus manos Abiertas...”, de 1969. También completó el single en vinilo “Plegaria a un labrador / Te recuerdo, Amanda”, de Jara y el grupo folclórico Quilapayún, relanzado en Alemania oriental en 1974. Luego la han versionado grandes como Joan Baez, Ismael Serrano, Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez. 
Poeta más interesado en la crónica social que en la lírica esotérica, Victor Jara le cantó a los eternos preteridos, se inspiró en la periferia e hizo suyos los problemas de las clases obreras y campesinas. Por eso se sumó con energías al proyecto social del presidente Salvador Allende, frustrado hace exactamente cuatro décadas por el golpe militar que puso 17 años en el poder al dictador Augusto Pinochet.
Antes de que tumbaran las Torres Gemelas ya el 11 de septiembre era un día luctuoso: aquel día de 1973 los militares chilenos comenzaron un baño de sangre entre cuyas primeras víctimas estuvo Victor Jara, con quien se ensañaron particularmente, según testimonio de sobrevivientes. Un teniente apodado “El Príncipe”, recientemente identificado como Pedro Barrientos Núñez, torturó y mató a Jara jugando a la “ruleta rusa” en un vestuario del Estadio Chile de Santiago, donde estaban hacinados unos cinco mil simpatizantes de Allende.
La dictadura censuró “Te recuerdo, Amanda”, por su explícita crítica a las condiciones de vida del proletariado, y porque no daba la imagen de Chile que querían los militares. Pero sobre todo la prohibieron porque era de Jara, y Jara era, de cierta manera, Allende y lo que Allende representaba.
Pero la dignidad es imposible de acallar, y a Victor Jara le dio fuerzas para, moribundo y apaleado, garabatear sus estremecedores últimos versos: “Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero”.

Oh, qué será (Chico Buarque, 1976)

Casi 10 años demoró Doña Flor en llegar con sus dos maridos a los cines cubanos, pero valió la pena, no solo por la espectacular desnudez de Sonia Braga, sino por las tres versiones de una canción imprescindible de la música brasileña y universal: “Oh, que será”, de Chico Buarque.
Quizás “La Construcción” sea su canción más genial, suerte de bossa sinfónico con guiños a Gershwin, pero el tema del filme “Doña Flor y sus dos Maridos” (Bruno Barreto, 1976) es el más conocido y versionado de este trovador nacido en 1944, uno de los artistas más influyentes de una tierra pródiga en futbolistas y músicos.
Para el filme, basado en una novela de Jorge Amado, Chico compuso tres variantes de este clásico: “Abertura”, “À Flor da Terra” y “À Flor da Pele”, esta última cantada junto a Milton Nascimiento para abrir el disco “Meus caros amigos”, también de 1976. Las voces en las demás versiones son de Simone y Nara Leão.
La canción habla de muchas cosas y de ninguna en específico. Es uno de los clásicos “dribles” o fintas musicales que le hacía Chico a la censura durante la dictadura militar que lo obligó a exiliarse en 1969. Con la gracia del “jogo bonito”, el autor esquiva el lápiz rojo preguntándose “qué será” sin responderse, porque eso se lo deja a los sueños de cada cual…
¿Qué será, qué será, qué anda susurrando por las alcobas? Bueno, bien podría ser el espíritu del libertino Vadinho, magistralmente interpretado por un joven José Wilker, quien regresó del Más Allá para impedir que su apetecible viuda consume con su nuevo esposo, un recto boticario.
Otra lectura literal podría ser el amor ilícito de los amantes furtivos, la pasión que provoca lo prohibido. Pero también podría ser una sutil alusión a las ganas de rebelarse contra toda opresión, sea marital, religiosa o militar. A Chico nunca le ha interesado explicar sus canciones. “El arte no sirve para nada”, ha dicho, sin creérselo demasiado, sospecho yo.   
Al menos de aliento servía, y de desahogo. En su momento, Chico expresaba en esta y otras canciones lo que otros callaban. Insinuaba lo que no podía decir. Y la gente estaba en sintonía. Y la película corrió mejor suerte que la versión teatral de la novela de Amado, que fue prohibida.
A su vez, cualquiera de las variantes de la canción es fabulosa, tanto la vertiginosa a flor de tierra, como la melancólica a flor de piel. Entre sus cantores más notables están Ana Belén, Mercedes Sosa y Daniela Mercury. Pero ninguna la cantó como Chico y Milton. 
Capaz de alcanzar notas solo suyas, Milton abre con un lamento indígena, comienza a cantar y tras la primera estrofa llega la cálida voz de Chico, esa que parece la confesión de un amigo. Y es una de sus gracias, la sencillez con que comparte algo muy suyo. Algo tan intimo que uno lo disfruta, aunque nunca sepa a ciencia cierta qué será, qué será…