viernes, 31 de mayo de 2013

Your Song (Elton John, 1970)



Solo Bernie Taupin sabe qué musa –o muso- lo inspiró aquella mañana de 1970 en los suburbios de Londres, que en un santiamén escribió la canción que inmortalizó al desconocido músico británico Kenneth Dwight: Your Song (Tu canción).
Uno lo escucha, embelesado, y se pregunta qué demonios tiene esa cancioncilla so infantilona y ñoña, capaz de seducir a monstruos como Billy Joel y Rick Wakeman, y disparar al estrellato a Kenneth, quien no es otro que el inmenso Sir Elton John.
Francamente, aquello no pudo haberle gastado más de tres neuronas al adolescente Taupin, que lo escribió en un sucio cuaderno con manchas de café, mientras desayunaban en la cocina de la madre de Elton, en Northwood Hills. Ambos llevaban poco tiempo asociados, pero trabajaban con fluidez. Y tanto así, que han colaborado en una treintena de álbums.
El intérprete de otros temazos como Sacrifice y Candle in the Wind reconoce que Your Song es cursi, pero no tiene otra canción de amor como esa. Es la única que interpreta en absolutamente todos sus conciertos, por gratitud y porque se la reclaman a gritos…
Todo comenzó cuando unos poemas de Taupin cayeron en las manos de Elton, que lo invitó a participar en su segundo LP. Tras ponerse de acuerdo, Bernie empacó sus matules y se mudó a casa de Elton, donde retocaron el poema Your Song y lo musicalizaron en apenas 20 minutos.
Grabaron el tema en los Trident Studios, donde el productor Gus Dudgeon lo escuchó por casualidad, y fichó a la dupla para hacerles el trabajo de mesa. Pero a pesar de los buenos comentarios, Elton desconfiaba del poder de aquella canción. De hecho, se la cedió a sus amigos de la banda Three Dog Night, a quienes tendrá que agradecerles que casi lo obligaran a cantarla él primero. El resto es historia…
Your Song salió como sencillo en octubre de 1970. La crítica lo recibió sonriente, desconcertada y entusiasta. Apareció en “Elton John”, álbum con ingeniosas letras de Taupin, algo de soul y funk para emocionar, y unos cuidadosos arreglos de cuerdas. Con los años se convirtió en un tema de culto. Da igual si lo entienden o no, a todos le parece, cuando menos, bonito. Bastó que Ewan Mc Gregor se lo cantara a Nicole Kidman para que la pelirroja cayera en sus brazos en Moulin Rouge.
A estas alturas, Elton aún desconoce de qué va la canción. Una vez le preguntó a Bernie si se la había escrito a alguna novia, y el socio se puso a la defensiva: “¡No, nada de eso!”, replicó con vehemencia. Y ahí lo dejaron. Total, poco importa ya, pues “puedes decirle a todos que esta es tu canción / quizás suene simple pero ya está hecha / Espero no te moleste que haya puesto en palabras / cuán maravillosa es la vida, mientras tú estás en el mundo”.
Simple, directo, tierno y sencillamente genial... 

Mediterráneo (Joan Manuel Serrat, 1971)



Quizás porque mi niñez sigue jugando en sus versos, Mediterráneo es de esas canciones que te transportan a épocas y parajes nunca vividos, que por alguna extraña razón logran poner melancólico incluso a un caribeño incurable como yo…
Será porque de niño mi madre me hablaba de Joan Manuel Serrat con una familiaridad solo comprensible en sus contemporáneos: tan íntimo lo sentía, que en casa le decíamos “el Yoanma”, como si algún levante otoñal hubiera empujado su barca hasta esa ciudad sin costas donde nací, cuando agonizaban los años 70.
Para saldar esa deuda sentimental, siendo apenas un estudiante me colé en el Teatro Nacional con un burdo carné de periodista y esta jeta de concreto, para ver a Serrat dialogar con su alter ego Tarrés, una memorable noche habanera del pasado siglo.
Y como los caribeños también somos cantores y embusteros, nos gusta el juego y el vino, y sabemos ser marineros, Mediterráneo tenía todas las papeletas para convertirse en un tema imprescindible entre los amantes de la buena música y del juglar catalán.
Serrat es, nunca mejor dicho, un artista pop, porque viene y se nutre precisamente de lo popular: sus cantares, sus poetas, sus fiestas y sus musarañas cotidianas componen la larga discografía de este artista que no tiene rubor en cantar las grandezas de otros.
Primer tema del álbum homónimo, editado en 1971 por la compañía discográfica Zafiro/Novola, Mediterráneo es un himno en España, donde fue escogida como la mejor canción del pop nacional en una votación popular realizada en 2004.  
Culé a morir, pese a su amistad con el colchonero irreductible que es Sabina, Serrat presentó ese disco como “un puñado de canciones escritas entre agosto y noviembre de 1971 en Calella de Palafrugell, Fuenterrabía y Cala d’Or. Siempre junto al mar”.
La canción de marras primero se llamó Amo al mar, después Hijo del Mediterráneo, hasta que el bardo comprendió que le bastaba con nombrar la fuente de su inspiración: ese mar como símbolo de libertad y, a la vez, como hogar en los años del franquismo.
En apenas cinco días fueron grabadas las bases, las cuerdas y la voz de Mediterráneo, en los estudios Fonit-Cetra de Milán, donde el sello Zafiro solía enviar a sus estrellas, como Los Brincos, quizás para darles más caché.
Los directores musicales de la producción fueron Gianpiero Reverberi y Juan Carlos Calderón, autor este del complicado ritmo de base seis por cuatro, con batería, percusión y bajo, que conforman el inconfundible intro de Mediterráneo.
Para la carátula del álbum, un Serrat con apenas 27 años y pinta de rock star posó para la fotógrafa catalana Isabel Steva, conocido como Colita entre “la gauche divine” barcelonesa, ese mundillo intelectual con el que se codeaba el cantautor. 
Al final, ni siquiera es la canción favorita de Serrat, quien reconoce que el tema es muy querido por la gente y forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones. “Algo tendrá el agua cuando la bendicen, pero si yo tuviera que elegir una canción elegiría otra”, aseguró el catalán hace unos años.
Quizás, Yoanma, quizás, pero… ¿Qué le voy a hacer si yo… nací con Mediterráneo?


jueves, 30 de mayo de 2013

Proud Mary (Creedence Clearwater Revival, 1969)

La Habana ha cambiado, Cuba ha cambiado, el mundo ha cambiado, pero Mario Conde y el Flaco Carlos, su hermano de la vida, aún se emocionaban con la misma canción de sus años felices en el barrio La Víbora: Proud Mary…
Abandonados al ron y los recuerdos, uno de los amigos comenta que John Fogerty canta como los negros, y el otro le corrige: canta como Dios… De una manera u otra, la escena es recurrente en la saga literaria de Conde, escrita por el cubano Leonardo Padura, Premio Nacional de Literatura 2012.
Padura confesó a Orbe que le gustó y le sigue gustando ese icónico tema de Creedence Clearwater Revival (CCR), banda estadounidense que muchos aquí recuerdan como Aguasclaras, y de cierta manera su inclusión en las novelas es un tributo a su generación.
“Decidí que fuera la canción que Conde y sus amigos escuchaban siempre, como un símbolo de que afuera la vida cambiaba, pero ellos invariablemente se refugiaban en una suerte de cápsula de un tiempo que para ellos fue mejor”, explica el autor.
El impacto de Proud Mary fue inmediato y global. Solo en 1969, cuando CCR lanzó el single, se le hicieron 35 versiones. Desde entonces los “covers” superan el centenar, siendo quizás el más célebre el interpretado por Tina y Ike Turner en 1971, una versión funky que va del hipnotismo a la apoteosis.
El tema fue escrito por John Fogerty, guitarrista y vocalista de CCR, junto a su hermano Tom en la guitarra rítmica, Stu Cook al bajo y Doug Clifford en la batería. Imbuida en el espíritu de los pantanales del delta del Mississippi, Proud Mary es sin dudas la estrella del disco Bayou Country, el segundo de una banda cuyos integrantes eran californianos y por aquella época nunca había estado ni remotamente cerca de New Orleáns.
Según John, al principio su idea era escribir de una lavandera doméstica, pero los acordes iniciales evocaban la gran rueda de los vapores que navegan el mítico río sureño, y el protagonista pasó a ser uno de esos pintorescos botes, para reforzar su impronta del “bayou”.
Al parecer, la “musa” fue el vapor Mary Elizabeth, de la familia Grafton, y su riff característico fue concebido por John en sus años en el Ejército, en un concierto en el Avalon Ballroom. Es una canción magistralmente sencilla, y quizás por esa simple genialidad interesó a leyendas como Salomón Bourke, David Bowie y hasta Elvis Presley.
Tampoco está exenta de cierta polémica. En el segundo verso, muchos han interpretado “pumped a lot of pain” y “pumped a lot of ’pane”, refiriéndose al propano, el combustible usado en esos barcos. Pero en su versión, Tina canta “lot of ’tane” refiriéndose al octano, clasificación de la gasolina.
Al respecto, Fogerty decía que le gustaba escribir palabras que rimaran con el sonido al cantar. “A veces, el oyente no entiende lo que canto porque estoy dedicado a la vocalización, y se divierten con los sonidos de cada palabra que sale de mi boca”, asegura.
Ya sea en el original de CCR, con su cautivante amalgama de country, blue-grass y rock, o en el arrebato desafiante de Tina Turner, o en las borracheras nostálgicas de Mario Conde y compañía, Proud Mary es una canción indispensable en cualquier archivo de clásicos. Y si no la ha oído, nunca es tarde para perderse “rolling… rolling… rolling on the river…

Bohemian Rhapsody (Queen, 1975)

   Tan campantes, los británicos afirman que Bohemian Rhapsody es mejor que el sexo, y después protestan cuando los acusan de “desabríos”. Y hay que entenderlos, porque se trata quizás de la canción más contundente, emotiva y liberadora en la historia del rock.
   Pero pensándolo bien, musicalmente nada hay más parecido a un buen coito que el tema insignia de la banda Queen. Sus seis emblemáticas secciones tienen un equivalente reconocible en el sexo: de la tierna seducción al orgasmo emancipador.
   Este clasicazo abre con una introducción a capella, cual cortejo susurrado. Sigue una balada envolvente que desarma cualquier reticencia; para dar paso a un solo de guitarra, intenso como los primeros besos, la ropa quitada a prisa y la posesión profunda.
   El tramo operístico trae ráfagas de ímpetu in crescendo, hasta un rock trepidante como las embestidas que llevan al clímax sexual, expresado en la coda final, que retoma el tempo del inicio. Al cierre, un gong libera toda la tensión generada…
   Versionada por los mexicanos Molotov (Rap, Soda y Bohemias), por los Muppets y hasta por el inesperado dúo de Elton John y Axl Rose, Bohemian Rhapsody es todo un himno musical que, 38 después de su lanzamiento, aún eriza e impresiona.
   Aquella fue la genialidad suprema del difunto Freddie Mercury. Rompió todos los moldes existentes sobre la estructura de una canción, y logró combinar de manera súper orgánica balada, ópera y heavy metal. Cuando se la propuso al resto de la banda, nadie sabía cómo entrarle.
   La grabación duró cinco semanas, y costó Dios y ayuda. Por entonces los estudios tenían cintas analógicas de 24 pistas, y para los coros fueron re-mezcladas 120 grabaciones separadas con las voces del propio Mercury, del guitarrista Brian May y del baterista Roger Taylor. Al bajo, silencioso, estuvo John Deacon.
   Cuando la canción estuvo lista, la discográfica se negó a lanzarla en single, asustada por su larga duración (5:55 minutos). Pero Kenny Everett la pasó por partes en su show radial, y la respuesta fue apoteósica. Triunfó en Gran Bretaña y en Estados Unidos antes de que fuera vendido como lado B de la canción “I’m in Love with My Car”.
   Ahora bien, nadie logra ponerse de acuerdo en qué demonios significa Bohemian Rhapsody. Por eso es mejor disfrutarla que intentar entenderla, aventurar hipótesis más menos posibles, o simplemente hacer una lectura literal: un pobre joven confiesa un crimen, y pasa por un purgatorio interior hasta que nada realmente le importa…
   En su misteriosa letra conviven un personaje de ópera (Figaro), un condenado por la Inquisición (Galileo), un bufón escurridizo (Scaramouche), el espíritu del Mal (Belcebú) y una apelación a Dios tomada del Corán (Bismillah, que significa “en nombre de Dios compasivo misericordioso).
   Se cree que hay mucho de autobiográfico y catártico en el tema. Quizás oculte alguna vivencia traumática del niño Freddie huyendo en 1964 de su Zanzíbar natal. O tal vez habla de su salida del closet, cuando en 1975 tuvo su primera relación homosexual, tras siete años junto a la mujer de su vida y posterior heredera, Mary Austin. Alguna culpa, algún demonio interior, quién sabe…
   Freddie nunca se molestó en explicarla. Ni falta que hizo. Ni falta que hace.

Blitzkrieg Bop (The Ramones, 1976)


Ya está bueno de melaza, de cursilerías y tonadillas empalagosas. Le llegó su hora al querer. Hoy vamos a meter caña descreída, insolente y sin bandera, con tanta rabia y energía que nunca sabrás de dónde vino el golpe. Es hora de sacudir los sentidos, de armar bronca, de mandarlo todo al infierno… Es hora de Blitzkrieg Bop…
Venerado como himno del “punk”, Blitzkrieg Bop fue también la carta de presentación de la banda neoyorquina The Ramones. Fue el primer single del piquete que legó otros clásicos del género, como I wanna be sedated, y que se dio a conocer en el club CBGB, meca del género en la Gran Manzana.
Si bien el tema fue acreditado a la banda, fue compuesto en realidad por el bajista Dee Dee Ramone y el baterista Tommy Ramone. Es una trepidante canción de culto, reconocida por su famoso cántico “¡Hey, ho, let’s go!”, que los amantes del béisbol aún corean, sobre todo en el Yankee Stadium.
La base de la canción es un sencillo modelo de tres acordes. “Blitzkrieg” es el término alemán para la táctica de guerra relámpago, muy utilizada en la Segunda Guerra Mundial. La canción se llamaría originalmente “Animal Hop”, pero Dee Dee le cambió el nombre y le puso el estilo amenazante.
Otro aporte del bajista apareció en el tercer verso del estribillo, donde en un principio Tommy escribió “shouting in the back now” (vociferando en sus espaldas ahora), y Dee Dee lo cambió a “shoot’em in the back now” (dispárales por la espalda ahora), para agregar más violencia y oscuridad.
A este clásico se le han hecho múltiples lecturas, pero al parecer se trataba de pasarla bien en el escenario, desahogar toda la rabia inherente a un género irreverente por antonomasia, trasgresor y políticamente incorrecto, sin que a nadie le importe un rábano: se trata de “punk”, no puede ser de otra manera.
También se especuló sobre influencias judías y venganzas contra el terror nazi, pero el difunto vocalista Joey Ramone aseguró cierta vez que, si bien odiaba romper la mística, la canción realmente era deudora de Saturday Night, un tema bastante ligero de los Bay City Rollers.      
Sin embargo, Blitzkrieg Bop es considerada no solo un mito del “punk”, sino del rock en general, al punto que intérpretes de los más variados estilos la han cantado a su manera, desde Jason Mraz con sus aires de blues, hasta la demoledora versión de Rob Zombie para el tributo We’re a Happy Family, que también convocó a Offspring, Eddie Vedder y Red Hot Chili Peppers.
Otros covers notables son obra de los hermanos Hanson -¿recuerdan aquel juvenil MMMBop?-, la banda hardcore The Misfits y los punkeros alemanes de Die Toten Hosen, que la grabaron en 1991 con Joey como invitado.
A su vez, los rebeldes de Green Day la interpretaron junto a “Teenage Lobotomy” en 2002, durante la ceremonia de inducción de The Ramones al Salón de la Fama del Rock and Roll. 
Remedio eficaz contra la depresión, Blitzkrieg Bop es una inyección de pura adrenalina y ganas de comerse al mundo, un tema al que le bastan sus dos minutos y medio para inmortalizarse como el más incuestionable himno del punk. ¡Hey, ho, let’s go!

Contigo en la distancia (César Portillo de la Luz, 1946)


Dicen que una noche, en el club Sherezada, un curda importunaba a César Portillo de la Luz, pidiéndole que cantara “esa canción de Feliciano, esa que dice no hay bella melodíaaa…”, y con voz gangosa, se puso a berrear el mundialmente célebre Contigo en la distancia.  
Armándose de paciencia, Portillo descansó la guitarra en un muslo, miró al impertinente y lo puso en su lugar: “Usted es un inculto. Esa canción no es de Feliciano. No es ni siquiera mía. Es de mi pueblo, que me la pide constantemente”. Y sobre el atronador aplauso comenzó a escucharse, inmenso, el inconfundible “No existe un momento del día, en que pueda apartarme de ti…”
Nat King Cole, Pedro Infante, Lucho Gatica, Pedro Vargas, Luis Miguel, Caetano Veloso, Plácido Domingo, María Bethania y hasta Cristina Aguilera, cientos de voces de renombre mundial se rindieron ante el lirismo de la pieza compuesta en el lejano 1946, fruto de una pasión desbocada y juvenil.
Portillo la cantaba como lo cantaba todo: como si hablara consigo mismo, como si reflexionara sobre lo mundano, sacándose pedazos del alma. A esa forma de sentir el bolero y la canción le llamaron “filin”, cubanización divina del “feeling” inglés, o sea, sentimiento, corazón, entrañas, bomba…
Su composición predilecta era Tú mi delirio, porque le parecía mágica, pero Contigo en la distancia lo inmortalizó. Cuando la escribió ni siquiera imaginaba que algún día podría vivir de la música, aquel pintor de brocha gorda que a falta de estudios, tenía una poderosa intuición para la melodía…
Creció escuchando trova tradicional y boleros, pero pronto le sedujo la armonía del jazz que hacían Glenn Miller, Stan Kenton o Duke Ellington, así como las voces de Sinatra, Nat King Cole o Ella Fitzgerald. Contigo en la distancia marcó el principio de su vida profesional y de una personalidad particular desde el punto de vista estilístico en el quehacer compositivo.
Escribe la canción cuando tenía 24 años, “edad en que uno parece un potro salvaje y entonces se puede enamorar de una potranca cerrera”, evocó. Poco se sabe de aquella musa en particular, salvo que tenía una gran sensibilidad por la música, y que desarrolló una poderosa afinidad con Portillo.
Según el libro Poesía en la canción popular latinoamericana, de Darío Jaramillo, para el autor la canción expresó la magnitud del complemento que significó esa mujer en su vida, como expresa la letra, pese a que los versos han sido ocasionalmente desvirtuados.
Por ejemplo, donde él escribió “ya nada me conforma” otros cantan “ya nada me consuela”, y donde puso “ni yo quiero escucharla, cuando me faltas tú”, hay quien dice “si no la escuchas tú”.
Más allá de eso  -y del sol y las estrellas-, la más internacional canción del filin es un monumento a aquel movimiento que nació en las descargas entre amigos de la bohemia y la trova habanera, con mucha influencia del jazz, el blues y el soul estadounidense.
Contigo en la distancia es una pieza de enorme valor literario y musical, que refleja sentimientos puros, de esos que solo emanan de los corazones aún sin curtir por el desengaño, capaces de trascender épocas y modas. Como solo hacen los amores de cine. Como solo hacen los clásicos de la música… 

El amor después del amor (Fito Páez, 1992)


Hace poco, el rockero argentino Fito Páez volvió a casa, es decir, a Cuba. Se vistió de un rojo litúrgico el 4 de diciembre, y como encomendándose a Santa Bárbara, cantó con los Van Van, y presentó un DVD por los 20 años de un disco de culto, El amor después del amor (1992).
Aquella tarde de diciembre, el inolvidable señor Smith le preguntó a Fito qué había después del amor, y el rosarino, que tenía un humor maravilloso, le respondió todo sonrisas: “Amor”.
Fue una conferencia de prensa multitudinaria y a la vez íntima, en la cual
Fito charló, fumó, rió y confesó algunos de sus motivos para serle siempre fiel a Cuba: el mar, el ron, los amigos… También nos contó sobre aquel álbum que sus amantes le debemos a la bella actriz Cecilia Roth.
“Fue una experiencia muy inspiradora conocer a una mujer divina en un momento de mi vida en que no la estaba pasando muy bien. No creo en las etapas: los períodos oscuros o claros son tonterías. La vida es un rato, es compleja, y en ella la melancolía es un sentimiento hermoso, pero solo un ratico. No creo que nadie sea melancólico profesional”, filosofó.
Desde luego, hay mucho de nostalgia en Fito, pero la canción que abrió su octavo álbum emana tantas ganas de amar y vivir, que podría excitar al oído más frígido cuando Claudia Puyo rompe con su voz de gospel desatado, a predicarnos que nadie puede, y nadie debe, vivir, vivir sin amor.
Esta producción, que contó además con la colaboración de Charly García y Luis Alberto Spinetta, marcó una nueva etapa en la carrera artística de Fito Páez, quien venía tocando ciertos temas sociales sin ser precisamente canción protesta, sino más bien una dolorosa necesidad de gritar contra ciertas cosas de un mundo cada vez más falto de swing, menos optimista.
Fito tenía razones para estar irritado: todo le decepcionaba, le daba bronca, le faltaba dinero, las cosas iban mal, y de pronto apareció Cecilia para aplacar esa furia que asustaba incluso a sus fieles y lo hundía a él.
Sin dudas, Cecilia fue su rayo de sol. Fito la descubrió en 1983, en “Laberinto de pasiones”, y no sospechó que ella sería la musa del disco más vendido en la historia del rock argentino. Nada de Calamaro, nada de Charly, nada de Gieco, ni Bersuit, ni los Fabulosos: Fito y su amor después del amor.
Fito y Cecilia se conocieron en persona en 1991, en Punta del Este. Ella venía por poco tiempo, a reponerse de una hepatitis, pero coincidieron en una fiesta de disfraces donde Fito la conquistó con una solitaria frase: “Nena ¿me servís vino?”. Ahí comenzó un idilio que duró hasta 2002, cuando nació otro amor después del amor, el amor de amigos. Por cierto, de ese mismo disco, a Cecilia también le debemos Un vestido y un amor, que cantada por Ana Belén es sencillamente mágica.
El arsenal de clásicos de Fito es amplio: Giros, Mariposa Technicolor, Al lado del camino, Yo vengo a ofrecer mi corazón… Ya no es el melenudo y amanerado flaco que hace casi tres décadas se apareció en La Habana, con tenis de diferente color, para atraparnos con sus himnos generacionales. Pero entonces nos enseñó que nadie puede vivir sin amor, y hemos descubierto que tal vez podamos vivir sin sus canciones. Pero no queremos…

Barracuda (Heart, 1977)


Ahora que la banda canadiense Heart acaba de ser inducida al Salón de la Fama del Rock&Roll, entiendo menos aún cómo su tema insignia, Barracuda, no estuvo entre las mejores 500 canciones de todos los tiempos en ese género, seleccionadas por la revista especializada Rolling Stones.
Quizás fue un ajuste de cuenta de las grandes discográficas a una canción creada para atacar a la industria de grabaciones musicales, una expresión de la furia de las hermanas Ann y Nancy Wilson contra una jugarreta publicitaria del sello Mushroom Records.
Las Wilson se enteraron por un seguidor que Mushroom propagó el rumor de que eran amantes para seducir a los medios de comunicación y “vender” a la banda sin importar su valor artístico. Ann escribió la letra en el calor del disgusto, describiendo a sus promotores como seres arteros, hipócritas y al acecho, sin escrúpulos para atacar, como una barracuda, la temible “picúa” cubana”.
Barracuda es un tema iracundo y que contagia su frenética furia. En su composición participaron también Nancy, el guitarrista Roger Fisher y el baterista Michael DeRosier. Fue incluido en el disco Little Queen (1978), el primero de Heart con el sello Portrait. En venganza, Mushroom Records demandó al grupo y lanzó Magazine, un álbum con pistas que Heart había desechado de su primer disco.  
Años después, cuando el Partido Republicano de Estados Unidos usó el tema para la campaña de Sarah Palin, las hermanas Wilson protestaron, alegando que la entonces candidata a la vicepresidencia “no representaba de ninguna manera a las mujeres norteamericanas”.
“Escribimos Barracuda a fines de los 70 como un ataque mordaz contra la naturaleza corporativa y sin alma del negocio de la música, especialmente para las mujeres”, dijeron en 2008 las Wilson, que tres décadas después, seguían igual de rebeldes…
De hecho, en el reciente concierto de entrada al Salón de la Fama tocaron Barracuda con la misma potencia y esos galopantes riffs de guitarra eléctrica que alborotaron al hard rock. Ann y Nancy rejuvenecieron en escena, junto a tres iconos del movimiento grunge: Chris Cornell (Soundgarden), Jerry Cantrell (Alice in Chains) y Mike McCready (Pearl Jam).  
Para Ann Wilson, es un honor entrar al Salón de la Fama junto a tantas leyendas musicales. “Es especial también porque es un reconocimiento a los músicos y las bandas de Seattle que se nos unirán pronto”, dijo, en clara alusión a que Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam serán elegibles para ingresar a partir del próximo año.
En 2009, la cadena musical VH1 eligió Barracuda en el puesto 34 entre los 100 clásicos del Hard Rock. Sus rabiosos solos de guitarra recuerdan el riff de Achilles Last Stand, un clásico de Led Zeppelin, una de las bandas favoritas de las hermanas Wilson.
Como todo clásico, el tema ha sido muy versionado. Apareció en la banda sonora de Los Ángeles de Charlie y la reciente comedia La campaña, en tanto Fergie, la integrante de Black Eyed Peas, la cantó en 2007 para la tercera parte de la saga Shrek.
Es una canción que no se pone vieja, porque reacciona contra fenómenos muy vigentes, que quizás sean peores ahora. Y constituye una vigorosa catarsis, que siempre viene bien en este mundo repleto de… Ummmmh… barracudas… 

La Casa del Sol Naciente


Existe un local en New Orleans… Le llaman la Casa del Sol Naciente, y ha sido la ruina de muchos… Y Dios sabe que yo soy uno de ellos…
Con esa entrecortada confesión arranca un himno del folk, The House of the Rising Sun (La Casa del Sol Naciente). Nadie sabe quién la compuso, ni cuándo, y todo a su alrededor son conjeturas, desde su origen, hasta la identidad del local que lo inspiró.
Se dice que la melodía bebe de Matty Groves, una balada inglesa del siglo XVIII. Pero su leyenda comenzó oficialmente en septiembre de 1937, cuando Alan Lomas, el historiador estadounidense que descubrió al blusero Muddy Waters, grabó a la entonces adolescente Georgia Turner cantando The Rising Sun Blues.
A todas luces, parece que la tal Casa del Sol Naciente era un burdel de New Orleans regenteado por la francesa Marianne Le Soleil Levant entre 1862 y 1874, cuando la Madama cerró por las quejas del vecindario. Pero también se piensa que fue un tugurio de juego y apuestas, de ahí las diferentes interpretaciones que se hace de su contenido.
Cantada por la Turner, este clásico se antoja el drama de una meretriz marchita, que culpa al prostíbulo por su miseria de vida. Sin embargo, la versión popularizada en 1964 por la banda inglesa The Animals sugiere que se trata de un apostador arruinado.
Sin dudas la interpretación de Animals, con el aullido conmovedor de Eric Burdon, es la más reconocida de las 400 versiones hechas del tema. Con ella, la banda inglesa alcanzó la cima de las listas de éxitos en Estados Unidos, amen de llevar el folk gringo a las grandes masas.
Un paréntesis al respecto: es impresionante cuánto le debe la música estadounidense a Inglaterra. ¿Qué habría sido del folk o el blues si no hubieran sido adoptados por jovenzuelos como Van Morrison, Eric Clapton y Tom Jones, o bandas como Beatles, Animals o Rolling Stones? Si hasta Jimi Hendrix triunfó primero en Londres…
De vuelta a la Casa del Sol Naciente, antes de que Animals se la apropiara, ya había sido grabada en 1959 por la folclorista Joan Baez. Además, el mítico Bob Dylan la incluyó en su disco debut, y también fue cantada por Woodie Guthrie y Pete Seeger.
Sin embargo, Animals la convirtió en el primer hit del folk-rock, un revolucionario single que cambió la cara de la música moderna por entonces. Después vino un largo etcétera de buenas versiones, interpretadas entre otros, por Frijid Pink, The Doors, Santa Esmeralda, Bon Jovi, Scorpions, Dolly Parton, Nina Simone, Tracy Chapman, Muse, Miriam Makeba, White Stripes, Toto y la hermosa calva Sinead O'Connor.
The Animals comenzó a interpretarla en sus giras junto al gran Chuck Berry, y el productor Mickie Most vislumbró un éxito. Sin dudas estaba para ellos: el 18 de mayo de 1964 la grabaron en una sola toma, y en apenas 15 minutos armaron el single que los consagró. Todo fluyó, desde el arpegio en La menor del guitarrista Hilton Valentine hasta el gran solo de órgano de Alan Price.
La voz de Burdon, densa como el carbón de su Newcastle natal, hizo el resto. Tanto lo marcó, que el cantante llegó a decirse predestinado para esa canción. “Fue hecha para mí, y yo estaba hecho para ella”, aseguró en 2010.
Y no le faltaba razón: quizás la Casa del Sol Naciente fue la ruina para muchos, pero definitivamente, no para Burdon y compañía…

Gracias a la Vida (Violeta Parra, 1966)

Quizás yo sea un tipo paradójico, pero con todo y ser un himno al optimismo y un canto a la paz interior, “Gracias a la Vida” siempre acaba deprimiéndome. Sin dudas es un clásico de la cancionística universal, pero qué quieren que les diga: me funde, me pone melancólico, existencial… de todo menos optimista. 
Vaya cosas de la vida. Violeta Parra la compuso justo un año antes de suicidarse, y eso me lleva a preguntarme de qué demonios estaba entonces agradecida la gran artista chilena. Tal vez era su despedida, y de alguna manera nos decía que se iba sin remordimientos, satisfecha por el solo privilegio de haber nacido. Y vivido.
Incluida en el famoso disco “Las últimas Composiciones” (1967), Gracias a la Vida nació al parecer del dolor que sentía Violeta tras romper su idilio con Gilbert Favre. Es una canción cuidadosa, pulcra y sencilla, muy reflexiva y que invita a mirar adelante. Es un “carpe diem” latinoamericano que ha sido cantado por cientos de voces, incluso escandinavas.
A la italiana Laura Pausini le gusta incluirla en sus recitales, la estadounidense Joan Baez le dedicó un disco, y Arja Saijonmaa la grabó en finlandés (Miten voi kyllin kittää) y en sueco (Jag Vill Tacka Livet), junto al chileno Inti-Illimani. Pero nadie la cantó con el sentimiento y la hondura de la argentina Mercedes Sosa.
La inmortal Negra la convirtió en un éxito mundial con su disco “Homenaje a Violeta Parra” (1971), con una versión menos áspera pero igual de sentida. Tan suya la hizo, que cuando la Sosa murió en 2009, esa fue la canción que más le dedicaron.
Volviendo a Violeta, Gracias a la vida abrió su último disco, que grabó junto a sus hijos Isabel y Ángel, y el músico uruguayo Alberto Zapicán. Para muchos el álbum todo fue una suerte de epitafio adelantado, con otros temas como Run Run, Se Fue Pa'l Norte, Maldigo Del Alto Cielo, Volver A Los 17 y El Albertío.
En la grabación, Gracia a la vida cuenta con un acompañamiento de charango y percusión, pero igual pudo ser cantada a capella, porque la voz de Violeta es la gran protagonista de estas siete estrofas que agradecen siete dones cotidianos que dieron a luz uno excepcional: su propio canto.
Creo que las canciones más lindas, las más maduras (perdónenme que les diga canciones lindas habiéndolas hecho yo, pero qué quieren ustedes, soy huasa, y digo las cosas sencillamente como las siento), son Gracias a la Vida, Volver a los 17 y Run Run Se Fue Pa'l Norte”, confesó la folclorista, quien la solía cantar en sus espectáculos de la Carpa de La Reina hasta su suicidio, en febrero de 1967.
Hace tres años, el Festival de Viña del Mar organizó una votación televisada para escoger la mejor canción en la historia musical de Chile, y Gracias a la Vida estaba entre las 10 candidatas. Contra toda lógica, se impuso El Tiempo en las Bastillas, de Fernando Ubiergo. La polémica no se hizo esperar, pues ni siquiera el propio Ubiergo creía que su obra fuera mejor que el himno de Violeta.
Gracias a la vida, a la mayoría le importan un rábano los concursos televisivos: el lugar de Violeta Parra en los cielos nadie se lo puede quitar.