lunes, 22 de julio de 2013

Light my Fire (The Doors, 1966)


Si algún día la vida me lleva al parisino cementerio Père Lachaise, buscaré en su sexta división una tumba con el epitafio griego “Kata ton daimona eaytoy”, o sea, “fiel a sus demonios”. Ahí, donde supuestamente yacen los restos de Jim Morrison, le rendiré tributo cantando el tema insignia de su banda, el kilométrico “Light my Fire”…
Aunque pensándolo bien, ese acto de guataquería póstuma tal vez sea contraproducente, pues a Morrison no le gustaba demasiado esa canción y era reacio a interpretarla en vivo, quizás porque apenas tuvo que ver con su composición. Aunque el crédito es atribuido generalmente a su banda, The Doors, este clásico fue escrito por el guitarrista Robby Krieger y el solo inicial de órgano es obra de Ray Manzarek. Pero Jim lo cantó como nadie.
Esta canción –producida por Paul Rothchild, grabada en septiembre de 1966 y lanzada como single un mes después- es todo un himno del rock psicodélico, tanto por su letra sobre una pareja queriendo volarse e incendiar el mundo, como por la instrumentación cuyos largos pasajes van del letargo a la euforia, una evidente evocación del llamado “trip”, el viaje para “get higher”, o sea, drogarse.
Por eso la canción no estuvo exenta de polémica, pues si bien en aquellos años contraculturales la experiencia psicodélica intentó ser vista como algo espiritual, liberador e incluso artístico, lo cierto es que incontables almas se desgraciaron en tugurios, “vueles” y sobredosis, como la que aparentemente le costó la vida al propio Morrison, a la maldita edad de 27 años.
De hecho, para actuar en el show televisivo de Ed Sullivan -el mismo que presentó a The Beatles en Estados Unidos- les pidieron que cambiaran las partes más explícitas del tema, pero Morrison lo cantó con sus versos originales. Luego se disculpó y alegó que estaba nervioso, pero el furioso Sullivan jamás los invitó.
“Light my Fire”, o “Enciende mi fuego” alcanzó el número uno en la lista pop Billboard de 1967. Al año siguiente lo lanzaron de nuevo y llegaron al puesto 87. Con un principio de jazz fusión, la canción tuvo que ser editada de siete a tres minutos para su versión radial, pues se corría el riesgo de que a alguien le reventara el cerebro con sus solos de guitarra y órgano largos y aparentemente improvisados. Se dice que hay influencias de John Coltrane y Fats Domino’s en su composición.
Esta fue sin dudas la canción insignia de los Doors: hasta  entonces eran una banda underground de Los Angeles, pero tras ese éxito atrajeron una atención masiva. La temprana muerte de Morrison contribuyó a afianzar la leyenda del también llamado “Lizard King” o Rey de los Lagartos.   
A su vez, una versión latina de “Light my Fire” disparó la carrera del puertorriqueño José Feliciano, quien se llevó incluso el Grammy al mejor cantante de pop en 1968. Su arreglo influenció varias versiones que vinieron después, incluyendo la de Will Young, que llegó a la cima en Reino Unido. La han cantado también Nancy Sinatra, UB40, Massive Attack, Stevie Wonder, Al Green y Train, para el tributo Stoned Inmaculated.
Esta fue la última canción que Morrison cantó en vivo, en el club The Warehouse, en New Orleans. Algunos la reducen a una mera invitación a las drogas, pero otros la vemos como algo mayor, más positivo: un llamado a vivir sin recelos, a vivir aquí, ahora e intensamente, a explotar todas las potencialidades y marcar una diferencia. Y eso no puede ser negativo… ¿o sí?

“Pata, Pata” (Miriam Makeba, 1957)


Ahora que el mítico Nelson Mandela lucha nuevamente por su vida, nos viene a la mente una canción universalizada en su lengua natal, el idioma “xhosa”: se trata del “Pata, Pata”, que la diva surafricana Miriam Makeba compuso en 1957 y fue la última que cantó, instantes antes de morir de un paro cardiaco el 10 de noviembre de 2008.
Aquel baile caló de inmediato pese a una letra incomprensible más allá del pegajoso “pata, pata”, que no alude a extremidades inferiores ni a palmípedos hembras, pues significa algo así como “toca, toca”. Makeba  demoró casi una década en grabarlo, y cuando lo hizo se asesoró con el célebre jazzista Hugh Masakela, quien lo sacó de las chabolas de Pretoria y lo convirtió en todo un himno de la llamada “World music”.
El resultado fue un éxito folklórico que ascendió hasta el puesto 12 en la lista Billboard de Estados Unidos en 1967, en plena efervescencia del rock psicodélico y de una experimentación musical cuyo rebuscamiento contrastaba con la deliciosa simpleza del “Pata, Pata”. En agradecimiento, Makeba escribió para su arreglista un tema incluido en el aclamado disco “Emancipation of Hugh Masakela” (1968).
Ya para entonces Miriam Makeba era Miriam Makeba, o Mama África, o la Emperatriz de la Canción Africana. Por su denuncia al apartheid fue obligada a exiliarse en Italia primero, y en Londres después. Cuba le otorgó su ciudadanía en 1963, hasta que la cantante se proclamó ciudadana del mundo. Tal actitud la hizo objeto de investigaciones del FBI cuando vivió en Estados Unidos junto a su esposo, el luchador civil Stokely Carmichael, con quien vivió luego en Guinea hasta su divorcio en 1973.
En 1972 había encarado a opositores del gobierno chileno de Unidad Popular en el festival de Viña del Mar, donde gritó “Viva el presidente Allende” y acalló los abucheos con su “sat wuguga sat ju benga…”
Además de su obra cumbre, Makeba dejó otras canciones memorables, como “The Click Song” y “Malaika”, incluida en “An Evening with Belafonte/Makeba” (1966). Dicho álbum, grabado junto a Harry Belafonte, le valió un Grammy, siendo la primera mujer negra en ganar dicho premio.
Mientras el mundo se rendía a sus pies, el régimen segregacionista de Sudáfrica prohibía sus discos. Luego de 30 años de exilio, Makeba regresó a su patria el 10 de junio de 1990, convencida por el propio Mandela, recién salido de la cárcel. Madiba, como llaman al mítico luchador, invitó luego a la cantante a integrar su gabinete, y aunque la estrella rehusó, si lo secundó en su proceso de reunificación y concordia nacional.
Esta hija de un sanador místico “xhosa” le cantó a la independencia de Kenya y Angola, a la Unión Africana, a Samora Machel en Mozambique, a su Madiba ya liberado… La muerte tuvo la deferencia de dejarla terminar un concierto en Castel Volturno contra la camorra (mafia italiana), tras el cual se detuvo para siempre su gran corazón, ese que parecía latir al ritmo cadencioso y juguetón del “Pata, pata”…

Smoke in the Water (Deep Purple, 1972)


La localidad suiza de Montreux acogió por estos días el mítico festival de jazz que reúne anualmente a la crema de ese género y otros afines, como el blues, el folk y algo del rock. Se sintió la ausencia de su fundador, Claude Nobs, muerto a inicios de año en un accidente. Sin embargo, “Funky Claude” no murió del todo, pues además de su legado, quedó inmortalizado en la letra de un clásico que tiene, quizás, el “riff” de guitarra eléctrica más conocido del mundo: Smoke in the Water…
La poderosa canción que identifica a la banda británica Deep Purple nació precisamente en Montreux, y su historia se cuenta sola: estaban los músicos en un casino junto al lago Geneva, donde el gran Frank Zappa se presentaba con su banda Mother of Invention, cuando un fanático lanzó una bengala que incendió todo el lugar. Aquello desató el pánico, y aunque Zappa pedía calma, el caos reinó inevitablemente. El propio Nobs confirmó que la canción fue una descripción precisa de lo que pasó aquel 4 de diciembre de 1971.
Tras la evacuación –narrada por los autores en el verso "Funky Claude was running in and out pulling kids out the ground" (Funky Claude entraba y salía sacando chicos al césped)-, Roger Glover, bajista de Deep Purple, llegó a su hotel y escribió la canción a partir de una frase que garabateó en una servilleta en pleno pandemonio: "smoke in the water" (humo en el agua), la sugerente imagen que le dejó el incidente.
Glover y el cantante Ian Gillian estaban en el lugar, pues al día siguiente tenía previsto grabar ahí mismo lo que sería su disco Machine Head. El tema les pareció cuando más anecdótico, pero no gran cosa. Incluso se mostraron reacios a tocarlo en público, pero aquel “leit motive” que tocaba el guitarrista Ritchie Blackmore con su Fender Strocaster era demasiado cautivador, y pronto fue un favorito de todos.
Blackmore, un amante de la música renacentista que llegó a hastiarse de tener que tocar siempre Smoke…, asegura que concibió el emblemático “riff” en una escala medieval, para darle un tono sombrío a la historia. Hay quien lo considera el “Para Elisa” del rock ‘n roll, por su reconocible introducción.  
Tanto caló, que todo aprendiz de guitarrista con cierta influencia del rock se inicia con sus reconocibles acordes. El 3 de junio de 2007 el tema fue elegido por mil 721 guitarristas reunidos en un estadio de béisbol de Kansas City, para romper el record mundial de más guitarristas tocando a la vez. Tal cota fue rota cuatro meses después, cuando mil 730 guitarristas tocaron “Knocking on Heaven’s Door” en Shillong, la India.
Smoke in the Water es un clásico que al parecer hubieran querido crear muchos pesos pesados del rock, a juzgar por los astros que lo han versionado: Black Sabath, Sepultura, Soulfly, Iron Maiden y hasta Santana junto a Jacoby Shaddix en su disco tributo “Guitar Heaven”. En La Habana también resonó en junio de 2012, cuando el locutor radial Juanito Camacho y su banda Saphrax hicieron retumbar al cine-teatro Yara, creyéndose en el mismísimo paraíso del rock, haciéndose corear por miles de jóvenes gargantas que quizás no supieran el resto de la letra, pero gritaron con ganas el inconfundible “Smooooooke in the waaaaaater… The fire is in the sky

Take on me (A-ha, 1985)


Si usted no es el próximo gran falsete del pop, cuídese en los karaokes de dos canciones que son particularmente exigentes en sus agudos, inalcanzables para los simples mortales: el “Eloise” de Tino Casals, y una pieza obligada en cualquier antología ochentera, el “Take on me”, del trío noruego A-ha…
Mientras Tino se circunscribió a la Movida Madrileña, A-ha fue famoso mundialmente gracias a este clásico que triunfó a la tercera, pues sus dos lanzamientos previos como singles pasaron sin pena ni gloria. Su hora les llegó en 1985, con un parpadeante y revolucionario video-clip que marcó un hito en la historia de las promociones musicales.
“Take on me” abrió el álbum “Hunting High And Low”, primero oficial de A-ha. Es lo que se conoce como “one-hit wonder”, canciones que siendo quizás su único éxito, bastaron para inmortalizar a un artista o agrupación. El tema parece un pretexto para enseñar hasta dónde podía llegar Morten Harket con su voz de Farinelli inmaculado. Una voz que, sin embargo, fue lo que menos importó a la disquera Warner Bros para apostar por los noruegos. 
Jeff Ayeroff, un ejecutivo de esa compañía, sabía el potencial de una cara bonita, y le garantizó a A-ha recursos y tiempo para filmar el video. Así, un single que apenas dos años atrás había sido un fiasco, alcanzó el número uno en 27 países, incluyendo Estados Unidos. En Inglaterra solo fue superado por Jennifer Rush y “The power of love”.
Fue precisamente en Londres, en 1982, donde nació la primera versión del tema, con el título de “Lesson One”. Magne y Pal Waaktaar habían llamado a Harket, a quien ni siquiera habían oído cantar, para formar un grupo. Eran tres adolescentes con un teclado raído, una mala guitarra acústica y una voz insospechada. “Toquen algo”, pidió Harket, y Magne le soltó el riff que luego identificaría a su canción insignia. Enseguida supieron que tenían algo…
Un año después la re-escribieron, y la lanzaron como “Take On Me”, con un anodino video filmado sobre fondo azul, que apenas les garantizó un tercer puesto en las listas noruegas. Terry Slater, su astuto manager, sugirió grabarla nuevamente, con el productor Alan Tarney, quien enriqueció el tema con más instrumentación y mucha, muchísima energía. Pero la clave, insisto, fue aquel fantasioso video, inspirado en el filme “Altered states”.
La trama giraba alrededor de una joven que entra en una historieta, cuyo protagonista es perseguido por dos motoristas con una llave inglesa, en secuencias visualmente muy dinámicas, para seguirle el ritmo al veloz riff de teclado de Magne Furuholmen. Es memorable la escena donde Harket y la actriz Bunty Bailey miran dentro y fuera de los mundos reales y animados a través de un espejo.
Steve Barron, responsable del “Billie Jean” de Michael Jackson, dirigió esta joya filmada con la técnica de rotoscopio. El animador Mike Patterson pasó 16 semanas dibujando sobre  las filmaciones hechas previamente con el trío y los actores. Fueron en total unos tres mil fotogramas individuales, en blanco y negro, como un comic musicalizado devenido material de culto.
Y si el video no se pone viejo, tampoco la voz de Harket, que ya pasó la media rueda, y aún se atreve en vivo a escalar las dos octavas y media del estribillo con el asfixiante: “I'll beeeeeee gone, in a day or… twoooooooo…”