sábado, 24 de agosto de 2013

Wild Safari (Barrabás, 1971)

Cuando los cubanos queremos cantar una canción que no nos sabemos, en lugar de aprendernos la letra la inventamos. Nuestros aportes al idioma inglés matarían de nuevo a Shakespeare, pero nos salva el sentido del ritmo: si no fuera por eso, nadie sospecharía que el “wachubariii” que a veces vocifero es en realidad el icónico “Wild Safari” de la banda española Barrabás.
Aquella agrupación hizo historia con una propuesta musical que combinaba el rock con ritmos étnicos y un intenso “funk” que nadie creería hecho en España. Con el sugerente título de Música Caliente, Barrabás invadió y subyugó Norteamérica y Europa continental.
Mucho del mérito se debe a Fernando Arbex (1941-2003), quien armó Barrabás tras su paso por Los Brincos, responsables de ese himno de la década prodigiosa que fue “Tú me dijiste adiós”. Traía ideas frescas para romper con los esquemas del mercado musical español, y su carta de presentación fue insuperable…
“Wild safari” o “Safari salvaje” genera una atmósfera selvática, con bongóes que parecen acercarse, amenazantes, junto a un hipnótico coro tribal, que tras el célebre preámbulo del bajo y un par de voces que saltan como fieras, da paso al vozarrón invocador de Iñaky Egaña, hasta desembocar en el frenético “ohohoh, wild safariiii”.
A juzgar por la letra, el salvaje safari al que canta Barrabás se escenifica a diario en la selva urbana de la modernidad, donde todos corren y trabajan sin cesar, donde todo es dinero y toda fe es vana. O algo así. Más bien parece un pretexto para dárselas de anti-sistema y poner a mover el esqueleto…
La canción no dice mucho, realmente, pero su profundidad radica en sus notas de poderosa impronta “funky groove”, que los llevó a la cima de las listas del rythm & blues nada menos que en Estados Unidos.
Cuentan que para esconder la palidez europea de los músicos, las portadas de los LP que editaba Atlantic en Estados Unidos iban sin su foto. Para los carteles usaban la imagen sobre fondo rojo de un grotesco Barrabás que les dibujó Luis Eduardo Aute. Sí, ese mismo, el trovador de “Al alba” y “Alevosía”…
Aquel Barrabás original estuvo integrado por Egaña como voz y bajo, los hermanos Ricky y Miguel Morales en guitarra, el portugués Joao Vidal en teclados, el cubano Ernesto “Tito” Duarte en percusión, flauta y saxofón, y el batería José María Moll, con Arbex dedicado exclusivamente a la composición y los arreglos. Valga decir que Arbex también fue productor de artistas como Nana Moskouri,  Harry Belafonte, José Feliciano, Rita Pavone, Camilo Sesto y Rocío Dúrcal.
Si bien el sonido recordaba al Santana del insuperable Abraxas, con su “Black Magic Woman”, la formación ibérica logró distinguirse rápidamente en el mercado estadounidense, alternando con estrellas como Sammy Davis Jr., y la revista Playboy llegó a escogerlos como la mejor banda de música funky del mundo.
Barrabás también triunfó en toda América Latina. En Venezuela opacaron al mismísimo Santana, quien por entonces andaba de místico flotando en los sopores del cannabis, y en Nicaragua animaron a la desolada juventud post-terremoto.
Tan alto llegaron con su virtuosismo y sabrosura funky, que en 1975 se dieron el lujo de rechazar una oferta para irse de gira con los Rolling Stones. Arbex se rehusó de plano, por el leonino contrato que los obligaba a establecerse en Estados Unidos, pero a otros les entusiasmaba el privilegio de acompañar a Sus Satánicas Majestades.
Como sea, hicieron una votación, ganaron los que preferían quedarse en España, y por insólito que parezca, les dijeron no a los Stones. Aquello abrió heridas que nunca cicatrizaron, y marcó el principio del fin para aquel Barrabás que se atrevió a bailar en casa del trompo. Y lo logró.

jueves, 15 de agosto de 2013

Rivers of Babylon (Boney M, 1978)




Ni el tiempo ni las cíclicas furias musicales atenúan esa curiosa sensación de sonriente melancolía y ganas infantiles de brincar que transmite el clásico “Rivers of Babylon”. Este tema no parece ponerse viejo, y obra el milagro de resucitar incluso una fiesta muerta: ventajas de cantar la palabra de Dios…
Y no es que divinidad alguna lo haya compuesto, es que Brent Dowe y Trevor McNaughton musicalizaron en 1970 los salmos bíblicos 137:1-4 y 19:14, para armar uno de los grandes éxitos musicales de la banda jamaicana de reggae The Melodians. El tema fue pronto un himno rastafari.
Ocurre que esos pasajes aluden al lamento de los judíos exiliados tras la conquista de Jerusalén por el imperio babilónico en 586 ANE. Y los “rasta”,  que se autodefinen como descendientes de una de las 12 tribus de Judea, califican como babilónico todo sistema represivo, o la policía misma.
Los ríos de Babilonia en cuestión son el Tigris y el Eufrates, a cuyas orilla se sentaban los judíos a llorar, recordando su místico templo de Zion, que no en balde era también el último reducto de una resistencia humana con mucha pinta “rasta”, en la filosófica y simbólica trilogía The Matrix.
De vuelta a la canción, el original apareció en el filme The Harder They Come, y Don McLean la versionó con el título Babylon en su disco American Pie, ambos de 1972. Sin embargo, vino a hacerse famosa seis años después, cuando la popularizó en Europa el sensual cuarteto caribeño Boney M.
Aquel explosivo grupo reunía los talentos vocales de Liz Mitchell, Maizie Williams y Marcia Barret, y aquel desenfreno pélvico de Bobby Farell que sentó cátedra en plena efervescencia de la música disco.
Los Boney M la lanzaron como single de su disco “Nightflight to Venus”, y solo en el Reino Unido vendió un millón 985 mil copias. A su vez, fue el número uno por 17 semanas al hilo en Alemania.
Precisamente en ese país le hicieron una leve adaptación a la letra, que reafirma su fuerte impronta rastafari. En un show televisivo, en lugar del original “the Lord's song” (la canción del Señor), cantaron “King Alpha's song” (la canción del Rey Alfa), una clara alusión al gobernante etíope Haile Selassie, a quien los “rastas” consideraban la tercera reencarnación de Jah, una forma breve de denominar a Yahvéh (Jehová).
Sin darle demasiado taller a su trasfondo religioso, en Cuba los Boney M causaron furor, tanto por las pintas de sus integrantes –peinados afro, camisas ajustadas y pantalones campana- como por sus otros hits Brown girl in the ring, Sunny o Rasputín, bailados con coreografías que aún perduran.
Tanto gustaron aquí, que erróneamente se les atribuye la autoría del tema, asunto que provocó un pleito entre Dowe y McNaughton, y el productor alemán Frank Farian. Al final todos aparecieron en los créditos del single, y tras varios años de pegada, cada cual tomó su propio camino.
Pasaron casi dos décadas para volverlos a reunir a todos, y la ocasión no fue feliz. El 8 de enero de 2011, Liz, Maizie y Marcia volvían a agruparse en torno a Bobby, pero este yacía muerto. Un infarto se lo llevó a navegar por los ríos de Babilonia, a los 61 años de edad…

martes, 6 de agosto de 2013

Sympathy for the Devil (Rolling Stones, 1968)


Por favor, permítanme presentarme, soy un hombre de riqueza y gusto. He merodeado por muchos, muchos años, robándole a los hombres su alma y su fe…
Así rompe, entre bongoes selváticos y el ulular de una oscura adoración, la canción “Sympathy for the Devil” o “Compasión por el Diablo”, uno de los muchos clásicos legados por la mítica banda británica The Rolling Stones, aún activa y renovándose tras medio siglo de indiscutible reinando en el rock.
En mi parcializada opinión, el cantante Mick Jagger personifica al Diablo más glamoroso y encantador jamás visto en la cultura popular. Más chic que Peter Stomere en “Constantine”, más insolente que Jack Nicholson en “Las Brujas de Eastwick”, más sórdido que el ronco Tom Waits en “El Imaginario del Doctor Parnasus”… Jagger es, simplemente, Su Satánica Majestad…
Gusto en conocerle, espero que adivine mi nombre”, desafía Jagger entre pistas y pistas de una identidad que solo revela casi al final de la canción, mostrándose como el mismísimo Lucifer, y pidiendo cierta comprensión y cortesía para quien ha protagonizado todos los hitos de la historia humana.
Escrito por Jagger y el estrafalario guitarrista Keith Richards, esta canción abre el álbum “Beggars Banquet” (1968). Su grabación fue filmada por el cineasta francés Jean-Luc Goddard para su documental One plus One, sobre la contracultura americana de finales de los sesenta. Entre las inspiraciones del tema destacan las novelas El Maestro y la Margarita (Mikhail Bulgakov) y El Diablo y Daniel Webster (Stephen Vincent Benét), aunque Jagger no está muy seguro si algo de Baudelaire había por ahí.
Si bien los Rolling se vendían a sí mismos como la contraparte oscura de los purísimos Beatles, el anatema de “satánicos” no les hacía justicia, pues como decía el propio Mick, “no se trataba de un disco lleno de signos oscuros al dorso”. Por Dios, que fue solo una canción. Pero que canción…
A su mala fama también contribuyó el asesinato de Meredith Hunter durante un concierto en Altamont, California, en diciembre de 1969. El grupo tuvo la ocurrencia de encargarle su seguridad a la pandilla de motoristas “Ángeles del Infierno”, los mismos que golpearon hasta dejar por muerto a Hunter S. Thompson, el padre del llamado periodismo gonzo. Si bien la banda interpretaba “Under my thumb” cuando ocurrió el apuñalamiento, pasaron los siete años siguientes sin tocar “Sympathy for the Devil”, porque tocándolo fue que se desató el caos en esta malograda versión de Woodstock.
Este tema, cuyo título original iba a ser "The Devil Is My Name", fue grabado del 5 al 10 de junio de 1968. Durante el proceso se incendió el estudio y las cintas se salvaron, pero casi todo el equipamiento de los Stones quedó destruido. El "Whoo-Whoo" de fondo fue obra de Anita Pallenberg, quien hizo los coros junto a Richards, su novio por entonces, el difunto Brian Jones, el retirado Bill Wyman, Jimmy Millar y Marianne Faithfull, la amante de Jagger y quien se dice le prestó el libro de Bulgakov.  
Aunque le han hecho múltiples covers decorosos, incluso uno en tiempo de bossa, quizás el más fiel sea el que cierra la película “Entrevista con el Vampiro”, interpretado por Guns ‘N’ Roses, con las convulsiones vocales de Axl Rose cuando todavía era Axl Rose. También la interpretaron la Orquesta Sinfónica de Londres, las bandas U2 y Jane’s Adiction, y muchas más.
En honor a la verdad, Jagger es más Fausto que Lucifer, porque a sus recién cumplidos 70 años de edad parece que hizo con el Maligno un pacto de eterna juventud. Ya quisiera muchos jóvenes su vitalidad y movimiento escénico. Respecto a Sympathy for the Devil, el cantante la definió como una de esas canciones que comienzan como una cosa y terminan en otra. De entrada iba a ser algo folk, al estilo Bob Dylan, y acabó siendo una samba frenética, hipnótica, con múltiples citas históricas y una invitación a mirar lo Diabólico sin temor, a dejar de negarlo para así impedirle que nos anule con su arma preferida: el miedo.